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Geología Histórica. Historia Natural.





QUINTA PARTE
Geología Histórica.

1. Reconstrucción de la historia de la tierra. Estratigrafía. Una vez formada la tierra da comienzo su vida, y, con ella, su historia. Para reconstruirla necesitará el geólogo averiguar tres cosas: 1 cuáles eran los seres vivos que habitaron nuestro planeta en las distintas edades. 2, cómo estaban distribuidos los continentes y océanos. 3, cuáles eran, en cada momento, las condiciones climatológicas del planeta. Cada uno de estos fines es objeto de la investigación de una disciplina especial, a saber: Paleontología, Paleogeografía y Paleoclimatología.

Con qué documentos contará el geólogo para averiguar eso? El geólogo no cuenta, para investigar la historia de la Tierra, con otros datos que obtenidos por el estudio de las rocas formadas en el curso de las distintas edades. En las rocas sedimentarias, la naturaleza de los sedimentos nos dice ya si la sedimentación se hizo cerca de una costa o en alta mar o sobre la tierra firme. Esto permite trazar sobre un mapa el litoral de un desaparecido continente. Pero los datos más precisos que los estratos encierran son la huellas, impresiones y restos de los animales y vegetales petrificados, es decir, los fósiles. El estudio de éstos permite no solamente averiguar cómo eran los organismos que vivieron anteriormente, sino también en qué lugares geográficos y bajo qué condiciones climáticas prosperaban. Así, sabemos que los arrecifes madrepóricos son formaciones costeras de mares cálidos; que el barro de globigerinas se forma en la zona pelágica de mares también cálidos; que el de diatomeas se forma en los mares fríos; que las palmeras, helechos, arborescentes, etc., son plantas de las zonas tropicales, etc., etc.

Como se ve, las rocas de los estratos dicen mucho cuando el hombre las estudia con afán. Con razón se ha dicho que la historia de la Tierra está escrita en un libro cuyas hojas son las capas sedimentarias. Por este motivo la estratigrafía, o estudio petrográfico, paleontológico y genético de las capas sedimentarias, es la base de la Geología histórica, y a esta parte de nuestra ciencia se la suele conocer frecuentemente bajo el nombre de Geología estratigráfica.

2. Paleontología: Fósiles, fosilización. La formación de los fósiles puede tener lugar de muy distintas maneras. Los casos de mayor perfección son aquellos en que el animal o vegetal fosilizado se ha conservado in toto, como ha ocurrido con un rinoceronte concentrado en un pozo de petróleo; con los mamuts incluidos en los hielos siberianos u con los insectos englobados en la resina de antiguos árboles (fig. 883). Estos casos, por desgracia, son raros. Lo general es que las partes blandas del organismo se pudran y desaparezcan y que no se conserven más que las partes duras. De aquí que los animales provistos de formaciones esqueléticas minerales sean casi los únicos que nos han legado recuerdo. Los foraminíferos, radiolarios y diatomeas han dejado caparazones y esqueletos. De las esponjas se conservan las espículas; de los pólipos, los políperos (fig. 884); de los braquiópodos y moluscos, las conchas (fig. 885); de los equinodermos, los caparazones, y de los vertebrados, huesos y dientes. Los animales blandos, en cambio, han desaparecido los más de las veces sin dejar resto alguno. Afortunadamente se han conservado de algunos de ellos impresiones de sus cuerpos, huellas de sus pisadas y rastros o pistas de su caminar. En forma de las hojas de muchas plantas. En ocasiones un resto fósil, una concha, por ejemplo, ha sido disuelto por las aguas de infiltración. En este caso no es raro que quede en los estratos un molde externo o interno esculpido en la roca.

Un caso especial de fosilización es la conversión en carbón que han experimentado tantas plantas. Finalmente, ciertos troncos de árbol se encuentran hoy día convertidos en ópalo, en virtud de un proceso de pseudomorfosis: procedimiento de fosilización perfectísimo, mediante el cual se conservan petrificados incluso los más finos detalles estructurales estructurales del ser fosilizado.

Los estudios estratigráficopaleonotológico han revelado que los seres vivientes no han sido siempre los mismos y que cada época de la historia de la tierra ha tenido su fauna y su flora peculiares. Por lo tanto, los fósiles proporcionan referencias fidedignas sobre la época de los distintos estratos. Muy acertadamente se ha definido los fósiles como las <<medallas de la historia de la creación>>. No todos los fósiles se prestan igualmente bien para la determinación de la edad de los terrenos, pues muchos de ellos son comunes a períodos diversos. Los únicos que llenan ese fin son los llamados fósiles característicos, es decir, aquellos muy frecuentes en los terrenos de una época, y que faltan o son raros en los de la anterior y en los de la siguiente.

3. Fases de la historia de la tierra. La historia de la tierra se ha dividido en dos grandes tiempos: los cosmogónicos, que comprenden la génesis de nuestro planeta, y los geológicos, que abarcan desde la formación de la corteza terrestre hasta nuestros días. Estos últimos tiempos se han dividido, a su vez, en cinco lapsos denominados Eras, que, procediendo de la más antigua más moderna, son: Era Arcaica. Era Primaria, Era Secundaria, Era Terciaria y Era Cuaternaria. Cada Era se distingue de las vecinas por el conjunto de sus caracteres paleontológicos, es decir por la naturaleza de los animales y vegetales que vivieron durante ella, y a veces también por una gran discordancia en los estratos. Las Eras se dividen, a su vez, en un cierto número de Períodos, distintos también unos de otros por sus fósiles característicos.

En la actualidad se designan también las distintas Eras con nombre alusivos a la índole de los animales que vivieron en cada una de ellas. A saber: Arcaica o Agnostozoica (de los animales desconocidos); Primaria o Paleozoica (de los animales antiguos); Secundaria o Mesozoica (de los animales intermedios); Terciaria o Cenozoica y también Neozoica (de los animales recientes), y Cuaternaria o Antropozoica (del hombre).

La duración de las distintas Eras es muy desigual. Resulta casi imposible fijar duraciones absolutas (*) (En efecto, los resultados numéricos a que llegan los distintos geólogos que han querido precisar la duración de las distintas Eras y períodos, discrepan considerablemente unos de otros. En lo único que hay conformidad es en la necesidad de contar el tiempo, en Geología, por miles y aun por millones de años). La duración de la Era Cuaternaria es insignificante.

Los tiempos cosmogónicos.

1. La tierra en el Universo. La tierra es uno de los planetas integrantes del Sistema solar. Se halla entre Venus y Marte a una distancia media del sol de 149 millones de kilómetros. Su diámetro medio es de 12,734 kilómetros; su volumen, de 1.082, 841,326, 000 km2, y su densidad, de 5,56 lo que equivale a decir que pesa 51/2 veces más que si fuera de agua.

Estas dimensiones son, a todas luces, gigantescas. Más si la comparamos con las de otros cuerpos celestes, tendremos que admitir que nuestro globo es un astro verdaderamente minúsculo. Son menores que él los planetas, Martes, Venus y Mercurio; su satélite, la Luna; la legión de los planetoides o pequeños planetas situados entre Martes y Júpiter, y, desde luego, la infinidad de meteoritos que surca los espacios siderales. Pero, en cambio, los otros planetas del sistema solar son mucho mayores que él, sobre todo Júpiter, que la sobrepasa 1.400 veces. El sol, por su parte, tiene un volumen 1.300.000 veces mayor que el de la tierra. Si tenemos en cuenta que este último astro es una estrella enana (fig. 886) (115 millones de veces menor que la gigantesca Antares, de la constelación del Escorpión), tendremos una buena idea de los que representa el astro que nos alberga en la totalidad del Universo.

2. Origen de la tierra. A fines del siglo XVIII, Kant, y sobre todo Laplace, llegaron a la conclusión de que todos los miembros del sistema solar tenían el mismo origen. Según Laplace, la materia que hoy día constituye el Sol, los planetas y los satélites, formó un tiempo una masa nebular única, de gases incandescentes, que se extendería más allá de la órbita de Neptuno. Animada de un movimiento de rotación alrededor de su eje, esa nebulosa primitiva tomaría la forma de un elipsoide de revolución achatado por los polos. La fuerza centrifuga haría desprenderse del resto de la masa un anillo ecuatorial. Este se disgregaría en fragmentos, los cuales acabarían por soldarse unos con otros, formando una pequeña esfera animada de un movimiento de rotación y otro de revolución. Este cuerpo sería el primero de los planetas: Neptuno. El mismo proceso se repetiría un cierto número de veces, y de cada anillo formado resultaría un nuevo planeta. El residuo de la primitiva nebulosa se condensaría para formar el sol. Los planetoides resultarían de que los fragmentos del anillo correspondiente no se habrían reunido en una masa única. Los planetas se comportarían al principio como masas nebulares y engendrarían uno o varios satélites a expensas de otros tantos anillos.

La ingeniosa teoría de Laplace tiene en su favor un buen número de hechos. Primeramente, el famoso experimento de Plateau, que imita la formación de los anillos como una gota de aceite flotante en el seno de la mezcla de agua y alcohol. Después, un cierto número de observaciones astronómicas. La más sugestiva es la suministrada por el anillo de Saturno, <<ejemplo vivo del modo de formación de los satélites>>, y después el descubrimiento de astros que se encuentran hoy día en el estado de nebulosa primitiva (fig. 887).

No obstante, la teoría de Kant-Laplace, como la llaman los autores alemanes, tiene en su contra un crecido número de importantes argumentos, en cuya exposición no podemos entrar. En los últimos decenios han intentado suplantarla otras teorías, también muy ingeniosas. En Norteamérica han encontrado bastante aceptación la teoría planetesimal de Th. G. Chamberlin, que supone originados los astros por la reunión de infinitos cosmolitos o meteoritos que él llama planetesimales.

3. Evolución y porvenir de los astros. La evolución de los astros, una vez formados, es siempre la misma. El enfriamiento conduce a la formación de un núcleo fluido y una envoltura gaseosa, como ocurre en el sol; luego, a la formación de una corteza sólida alrededor del núcleo líquido - en este estado se encuentra Júpiter -; más tarde, a la solidificación total del núcleo - tal es el caso de nuestra tierra -, y , finalmente, tiene lugar la absorción de la atmósfera por el núcleo sólido y el enfriamiento total o muerte del astro; así se encuentra la Luna. Es probable que esta fase vaya seguida de la fragmentación del cuerpo y su conversación en polvo cósmico. Quizás los asteroides sean restos de pequeños planetas descompuestos.

Era arcaica y agnostozoica.

Los materiales de esta Era son los más antiguos que se conocen, estando formados por rocas metamórficas y grandes masas de rocas intrusivas, singularmente granito. Los antiguos geólogos consideraron estas rocas como los restos de la primera costra sólida del globo, por lo que les denominaron terrenos primitivos. Hoy día se consideran los terrenos agnostozoicos como formaciones en gran parte sedimentarias, metamorfizadas intensamente. Se divide la Era Agnostozoica en dos inmensos períodos, separados por una discordancia; a saber, período Arcaico y período Algonquico.

El Arcaico esta formado por rocas cristalinas, principalmente granitos, gneis, pizarras cristalinas y cuarcitas.

No se encuentran en este período resto fósil alguno. (El pretendido Eozoon, considerado algún tiempo como el más antiguo resto orgánico conocido, parece no ser otra cosa que un nódulo de calcita y serpentina), pero se supone que las calizas cristalinas y las rocas carbonosas que en él se encuentran son de origen orgánico. Es muy probable que los seres vivos de esa remota época fueran exclusivamente protoplásmicos o no tuvieran idoneidad para la fosilización. Por otra parte, el intenso metamorfismo a que estos terrenos han estado sometidos ha podido muy bien borrar todo resto fosilífero.

El Algónquico se compone principalmente de pizarras y cuarcitas, y ofrece ya restos fósiles indudables, como los Arenicolites, que se consideran como pistas de gusanos, y la Beltina, que es un crustáceo típico.

La existencia de conglomerados y areniscas algonquienses en las regiones nórdicas de Europa y Norteamérica denotan que en estas latitudes había un continente arcaico en cuyo litoral tenía lugar el depósito de esos sedimentos. A fines de la Era tuvo lugar la exondación de ellos en virtud de un movimiento orogénico llamado huroniano, que formó una <<cordillera huroniana>> que se extendía desde el lago Hurón (Estados Unidos) hasta el Norte de Asía, pasando por Escandinavia.

En nuestra Península los terrenos agnostozoicos se extienden por todo el occidente, de Galicia a la falla del Guadalquivir, y por los pirineos, la península bética y la cordillera centra.

Era primaria o paleozoica.

1. Caracteres generales. Los terrenos primarios forman la base de todas las rocas claramente sedimentaria, y descansan en discordancia sobre los de la Era agnostozoica. Es característico de ellos el estar muy dislocados y llevar frecuentes intercalaciones de rocas eruptivas, lo que delata una intensa actividad orogénica y volcánica. En los estratos de esta Era están contenidos los restos de las más antiguas floras y faunas conocidas. Ambas tienen caracteres inferiores, pero son lo suficientemente ricas y variadas para que se pueda afirmar que no son las primitivas fauna y flora terrestres.

La flora se caracteriza por la abundancia y tamaño que alcanzaron las Criptógamas vasculares, es decir, los helechos, licopodios y queisetos (figs. 906 a 911); la fauna, por la riqueza de los Crinoideos fijos (fig. 914); corales (figs. 890 a 892), Braquiópodos (figs. 889 a 902), Cefalópodos nautiloideos (figs. 894 a 897) y ammonoideos (fig. 898), Graptolites (figs. 888 a 889), Gigantostráceos (fig. 198) y Trilobites (figs. 193 y 893). En la segunda mitad de la Era vivían en el mar unos notables peces acorazados o Placodermos (fig. 903) y aparecen en tierra los anfibios Estegocéfalos (fig. 915). Al final de ella se iniciaron los reptiles llamados Cotilosauros y las Fanerógamas gimnospermas (fig. 912).

Faltan totalmente de la Era Primaria las fanerógamas angiospermas, las aves y los mamíferos.

Los NAUTILOIDEOS y los AMMONOIDEOS eran unos cefalópodos parecidos al actual Nautilus por su concha externa muy desarrollada y dividida en cámaras por una serie de tabiques transversos. En los Nautiloideos los tabiques son lisos (figs. 894 a 897); en los Ammonoideos, sinuosos o festoneados (fig. 898). (Véase la fig. 223).

Son exclusivos en la Era Primaria los Graptolites, los Trilobites, los Gigantostráceos, los Placodermos y los Cefalópodos Nautiloideos, con la excepción del Nautilus, que vive aún.

2. División. Se distinguen en la Era Primaria cinco períodos: cámbrico, silúrico, Devónico, Carbonífero y Pérmico. Muchos autores reúnen estos dos últimos en uno solo, denominado Antrocolítico o Permocarbónico.

El Cámbrico. Se caracteriza por la sencillez de su fauna, reducida a animales marinos inferiores (protozoos, celentéreos, esponjas, trilobites (fig. 192), etc.)

En el Silúrico se encuentran animales terrestres (insectos inferiores) y en el mar aparecen los primeros peces. Abundaron extraordinariamente en este período los braquiópodos, los trilobites (fig. 893), los Graptolites (fig. 888) y unos cefalópodos Nautiloideos de concha recta, llamados Orthoceras (fig. 894), o curvada (fig. 895) o arrollada ene spiral (figs. 896 y 897).

En el Devónico desaparecen los Graptolites, pero hacen su aparición los cefalópodos Ammonoideos (fig. 898). Los corales (figs. 890 a 892) y los peces acorazados de cola heterocerca (fig. 903) se desarrollan extraordinariamente. En tierra inician su desarrollo las Criptógamas vasculares (Annularia, Lepidodendron, Sigilaria....) y hacen su aparición las Gimnospermas (Cordaites).

Durante el período Carbonífero la vegetación del Globo adquirió un esplendor jamás igualado (fig. 882). La mayoría de las especies eran Criptógamas fibrovasculares: helechos (figs. 907, 910 y 911), Calamites (fig. 906), Lepidodendros (fig. 908) y Sigilarias (fig. 909), que alcanzan grandes dimensiones; pero había también Gimnospermas. A esta flora se debe la formación de la hulla. La fauna se enriqueció con la aparición de los anfibios, es decir, de los primeros vertebrados terrestres. Desaparecen, en cambio, los Placodermos y se reduce extraordinariamente los Trilobites.

En el Pérmico aparecen los primeros reptiles y unas coníferas parecidas a las actuales araucarias, como la Walchia piniformis (fig. 912).

3. Fenómenos geológicos. Durante la era primaria tuvieron lugar dos intensos movimientos orogénicos: 1, el plegamiento caledoniano, acaecido en el Silúrico, cuyos restos se encuentran hoy día en los Estados Unidos (Montes Alleghanys), Escocia (antigua Caledonia) (Grampianos) y Escandinavia; 2, el plegamiento herciniano, ocurrido al sur del anterior en las postrimerías del Carbonífero. Interesó principalmente a Alemania (antigua Ercinia), Francia e islas Británicas. Restos suyos hoy desmantelados, reducidos a penillanuras, son la Meseta española, el Plateau central francés y los macizos centrales europeos (el Harz, los Vosgos, la Selva Negra, Bohemia).

En el Devónico y en el Pérmico la actividad volcánica fue intensísima en las regiones dislocadas por los plegamientos precedentes.

4. Paleogeografía. La faz de la Tierra experimentó, en el transcurso de los dilatados tiempos primarios, numerosos cambios. En general, hubo dos grandes masas de tierra: una boreal, escindida, según los períodos, por mares epicontinentales someros, en dos o tres continentes (como el Nordatlántico, que comprendía América del Norte y Europa, y el Chinosiberiano), y otra austral, llamada Continente de Gondwana, que comprendía América del Sur, áfrica, la India, Madagascar, Australia, y Antártica. Entre este continente y los del Norte existía un gran mar mediterráneo, el Tetis, que iba desde la costa americana del Pacífico hasta la asiática, pasando por las Antillas, mar Mediterráneo, Persia e Himalaya (fig. 916).

Hasta hace pocos años todos los geólogos explicaban la existencia de esas inmensas masas continentales paleozoicas, por la llamada peoría de los puentes intercontinentales, es decir, imaginando que los continentes actuales estaban unidos entonces, parcialmente, por un cierto número de extensiones de tierra firme que ocupaban el lugar que hoy en día está ocupado por los mares interpuestos (fig. 916). La genial teoría de Wegener de los desplazamientos continentales, permite dar una interpretación más lógica de esos hechos paleogeográficos (fig. 842).

El clima de la era primaria debió de ser, a juzgar por la vegetación principalmente por la carbonífera-, cálido y húmedo. Se admitía hasta hace poco que en toda la Tierra, o por lo menos en una gran parte de ella, debió re reinar un clima semejante, pues en las regiones circumpolares se encuentran restos de formaciones madrepóricas y helechos arborescentes. El hallazgo de extensas formaciones glaciares pérmicas en Australia, en la India y en áfrica del Sur, revela, sin embargo, que el clima tropical debió circunscribirse a los continentes boreales mientras el de Gondwana estaría sometido a un régimen frío, cosa que confirma una flora especial (flora de Glosopteris, fig. 910), que se enseñorea entonces de su superficie.

La teoría de Wegener explica satisfactoriamente, esas particularidades climáticas. Según ella, durante el Antracolítico, el Polo Sur yacía en la zona de soldadura de áfrica del Sur, la India y Australia, mientras el ecuador pasaba por Norteamérica, Europa y China, es decir, por los actuales yacimientos de hulla.

Era secundaria o mesozoica.

1. Caracteres generales. Los terrenos mesozoicos se caracterizan por la abundancia de sedimentos calizos y por lo poco dislocados y metamorfizados que están. Abundan las formaciones salinas. Las rocas ígneas no tienen tanta importancia como en la Era anterior.

La vida animal en los continentes adquiere considerable empuje, desarrolladamente de un modo extraordinario el grupo de los reptiles (figs. 285 a 289) y apareciendo por primeros mamíferos y las primeras aves, ambos de carácter reptilianos (mamíferos implacentarios, es decir, monotremas y marsupiales, y aves con dientes, como el Arqueopteris y las Odontornites). En cambio, la vegetación pierde su potencia al desaparecer la mayoría de las criptógamas vasculares gigantescas. La flora son embargo, se enriquece con abundantes gimnospermas, primero (figs. 927 y 928), y con las primeras angiospermas arbóreas, después (fig. 929).

La fauna marina mesozoica se caracteriza por la aparición de los Teleósteos o peces óseos, que sustituyen a los desaparecidos peces acorados de cola heterocerca, y por abundancia de Ammonites (figs. 917 a 921) y Belemnites (fig. 922 y 224), así como también por el desarrollo considerable que adquieren los moluscos lamelibranquios y gasterópodos (figs. 923 y 924). Se reducen, en cambio, los crinoideos (fig. 926) y los braquiópodos, tan variados en la Era anterior. Estos últimos están en el secundario representados por los géneros actuales Rhynchonella y Terebratula (figs. 129 y 930), si bien con una gran riqueza de especies y de individuos.

Los Ammonites eran variadísimos, sirviendo admirablemente para caracterizar los diferentes pisos. En las postrimerías de la Era degeneran; sus conchas empiezan a desarrollarse (figs. 918 a 920) Y acaban por rectificarse, adquiriendo forma de báculo (Baculites) (fig. 921) y con ello un aspecto semejante al de los Orthoceras de la Era Primaria.

Los Belemnites eran también moluscos cefalópodos (fig. 224) de concha tabicada y recta, pero tan reducida que quedaba englobada en el manto animal, como hoy día ocurre con el <<hueso>> de las sepias. De ordinario sólo se conserva el extremo macizo de la concha (fig. 922), pero del tamaña que ésta alcanza a veces se ha deducido que algunos belemnites eran como calamares de hasta dos metros de longitud (fig. 224).

Entre los lamelibranquios o moluscos bivalvos mesozoicos merecen mención las Gryphaea (fig. 922), que son parientes de las ostras; los Diceras, de valvas cónicas y retorcidas en cuerno de carnero (fig. 885), y los Rudistas. Estos últimos (fig. 924) han desaparecido totalmente. Tenían las dos valvas muy desiguales; la derecha cónica y fija a las rocas; la izquierda, plana y móvil, a manera de opérculo. El género más notable es el Hippurites (fig. 924).

Son exclusivos y característicos de la Era Secundaria los grandes reptiles terrícolas, los reptiles nadadores y voladores, las aves con dientes, los lamelibranquios del grupo de las Rudistas, los Belemnites y los Ammonites. Estos, sin embargo, aparecen ya, como sabemos, en la Era primaria.

2. División. Se distinguen en la Era Mesozoica tres períodos: Triásico o Trías, Jurásico y Cretácico.

En el Triásico abundaron en tierra los anfibios Estegocéfalos, llamados, por el aspecto de sus dientes, Laberintodontos (figs. 931 y 932), e hicieron su aparición los mamíferos. Litológicamente se caracteriza este período por la abundancia de yacimientos salinos y depósitos de yeso, que indican que el clima era, en algunos lugares, cálido y seco.

En el Jurásico adquirieron su máximo desarrollo los Ammonites, Belemmites y Reptiles, e hicieron su aparición los Teleósteros, los anfibios Anuros, las Aves (Archaeoptheryx, fig. 301) y las fanerógamas Angioespermas. Las formaciones coralinas alcanzan gran desarrollo en Europa.

En el Cretácico se encuentran las aves Odontornites (Ichthyornis, fig. 302) y aparecen los anfibios Urodelos. Los Ammonites degeneran. Las Dicotiledóneas arbóreas (fig. 929) ofrecen numerosos géneros actuales (sauces, álamos, arces, higueras, aucaliptos, etc.) que han originado depósitos de lignito. El nombre del período alude a la creta formada por foraminíferos-, que es en él abundantísima.

3. Fenómenos geológicos. La era secundaria fue una era de quietud y reposo geológico, pues durante ella no experimentó nuestro Globo ningún movimiento orogénico importante, ni hubo una actividad volcánica tan considerable como la del Paleozoico y la del Terciario. En cambio, los movimientos epirogenéticos adquirieron inusitada intensidad, originando grandes transgresiones marinas e importantes variaciones en al distribución de los continentes y océanos.

4. Paleogeografía. En el Triásico la distribución de tierras y mares era semejante a la del Primario; existían al Norte, un continente Nordatlántico y otro asiático, y al sur el de Gondwana, separados por el mar Tetis. En el Jurásico, Europa quedó transformada en un gran archipiélago, con una Isla escandinava de gran extensión. La Gondwana se modificó mucho por iniciarse, entre Australia y la India, la formación del Océano Indico. De este modo se individualizó Australia, que quedó separada ya para siempre del resto de las tierras firmes. El resto de la Gondwana quedó formando un Continente Indoafricanobrasileño. En el Cretácico se sumergieron bajo las aguas, por obra de movimientos epirogenéticos, el Archipiélago europeo y gran parte del Continente Nordatlántico. Por su parte el resto de la Gondwana (Continente Indoaficanobrasileño) sufre dos nuevas escisiones. Por un lado se desgaja la India, por otro se separa Sudamérica de áfrica, formándose en medio de ellas el Océano Atlántico de Sur. En la figura 933 se ha representado el mapa terrestre al final de la era mesozoica, según la teoría de los puentes intercontinentales.

La distribución de los climas fue en el Mesozoico distinta de la del Paleozoico. En nuestras latitudes la temperatura disminuye, como lo atestigua la emigración de los arrecifes coralinos hacia el sur y la aparición de plantas de hoja caduca que indican la existencia de estaciones.

Era terciaria o neozoica.

1. Caracteres generales. Los sedimentos terciarios son poco coherentes y de tonos claros. Denominan las calizas de Nummulites, margas, arcillas, arenas y conglomerados. Son muy grandes las intercalaciones de rocas efusivas, delatoras de potente volcanismo.

El carácter paleontológico más importante del terciario es el desarrollo que desde el principio adquieren los mamíferos placentarios.

Estos animales empiezan por formas indiferenciadas, omnívoras y plantígradas pentadáctilas; pero en el curso de la Era van diferenciándose en los diversos órdenes existentes en la actualidad. Cosa parecida ocurre con las aves, los reptiles y los insectos, y en el mar con los moluscos gasterópodos y lamelibranquios (figs. 935 y 936). A medida que el terciario avanza, todos esos animales van siendo cada vez más parecidos a los actuales.

También evolucionan en esta Era las monocotiledóneas y dicotiledóneas de la Era secundaria, para dar las actuales.

Entre los seres marinos terciarios merecen mención especial los Nummutiles. Estos foraminíferos vivieron en los comienzos de la Era en cantidad prodigiosa, y sus caparazones originaron potentes capas de caliza nummulítica (fig. 937) en el fondo del Tetis. El tamaño de estos protozoos oscila entre el de las lentejas y el de un duro, dimensiones gigantescas tratándose de seres unicelulares.

Son también caracteres paleontológicos importantes del terciario, la desaparición de los grandes reptiles, y de los ammonites y belemnites del secundario, así como la casi desaparición de los branquiópodos.

Los mamíferos terciarios merecen un estudio aparte. Los más interesantes son, indudablemente los Perisodáctilos, los Artiodáctilos y lo Proboscídeos.

Entre los Perisodáctilos se encuentran, en Europa, el Palaeotherium y el Hipparion.

El Palaeotherium (fig. 938) vivió en los comienzos del terciario y era un animal de aspecto intermedio entre le caballo y el tapir.

El Hipparion apareció en las postrimerías de la Era y se parecía mucho al caballo. Tenía aún tres dedos en cada pata, pero los laterales eran ya tan reducidos que no tocaban jamás la tierra (fig. 46, f).

En América del Norte se han encontrado numerosos perisodáctilos fósiles gracias a los cuales se ha podido construir la serie filogenética del actual caballo (fig. 46). Este animal, que como se sabe no existía en el Nuevo Continente durante los tiempos históricos, tiene su cuna en Norteamérica, de donde emigró a Europa.

Entre los Artiodáctilos merece mención el Antracotherium, el Anoplotherium (fig. 939) y el Xiphodon (fig. 940).

El Antracotherium se parecía bastante al jabalí. Tenía cuatro dedos en cada pata, los molares adaptados al régimen vegetariano, y los caninos muy desarrollados, indicando que él también era carnívoro.

El Anoplotherium (fig. 939) era ya un artiodáctilo típico con sólo dos dedos desarrollados en cada pata. En él se inicia la diferenciación dental de los rumiantes, pues los caninos tienen forma de incisivo.

El Xiphodon (fig. 940) era ya un rumiante perfecto, pues su mandíbula superior carece de incisivos y caninos (*) (Se diferencia de los rumiantes actuales en que los metatarsianos no estaban soldados en un único hueso).

En la segunda mitad de la Era se encuentran ya rumiantes con cuernos (ciervos, antílopes, bueyes, etc.).

Los Proboscídeos alcanzaron en el terciario un gran desarrollo y una amplia distribución geográfica. Fueron de ella gigantesca el Dinotherium y el mastodonte (Mastodon) (fig. 941), que vivieron en la segunda mitad de la Era. También los elefantes (Elephas), aparecidos al final de ella, alcanzaron talla mayor que los actuales.

El Dinotherium (deinos = temible) tenían hasta 51/2 metros de altura. Era, por tanto, bastante mayor que los elefantes actuales y se diferenciaba de ellos por que sus dos colmillos pertenecían a la mandíbula inferior y estaban dirigidos hacia abajo.

El mastodonte era muy semejante a los verdaderos elefantes, diferenciándose de ellos porque además de los dos colmillos de la mandíbula superior tenía otros dos en la inferior (fig. 941).

Es interesante el hecho de que durante una buena parte del terciario vivieron incluso en Europa numerosos Marsupiales parecidos a los del secundario. Pero, no pudieron estos mamíferos competir con los placentarios, desaparecen poco a poco, excepto en Australia, donde se han conservado gracias al aislamiento en que se ha mantenido el país a partir de su desgajamiento del continente de Gondwana. También América del Sur conserva aún algunas reliquias de esos primitivos mamíferos.

La flora terciaria era, en Europa, rica y variada, de tipo tropical. Estaba formada por palmeras, magnolios, laureles, caneleros, alcanfor, mirto y otros árboles de hojas perenne (fig. 942). En la resina hoy convertida en ámbar- de los bosques terciarios del Báltico quedaron englobados plumas de aves, arañas e infinidad de insectos (fig. 883). De estos últimos se conocen más de 2,000 especies (*) (El desarrollo de los insectos y de las plantas con flores es correlativo. De aquí las adaptaciones mutuas de aquellos animales y esas plantas, las mariposas, por ejemplo, aparecen en el terciario.).

Restos muy abundantes de la flora terciaria se encuentran en la actualidad en los yacimientos de lignito que se formaron entonces.

2. División. Se suelen considerar en el terciario cuatro períodos: Eoceno, Oligoceno, Mioceno y Plioceno.

El Eoceno es el <<período nummulítico>>. Durante él se desarrolla y se distinguen estos notables foraminíferos (fig. 937). Las formas de mamífero inician su especialización.

El Mioceno está caracterizado por el gran desarrollo que adquieren sus mamíferos, tanto en formas como en dimensiones (Dinotherium, Mastodon). Los herbívoros eran mucho más numerosos que en la actualidad y formaban inmensos rebaños. Entre los fósiles marinos de este período merecen mención los dientes de tiburones (fig. 943) y los erizos de mar irregulares Clypeaster y Spatangus (fig. 934).

El Plioceno es una continuación directa del Mioceno. En él aparecen el género Elephas y los caballos propiamente dichos.

3. Fenómenos geológicos. La Era terciaria es una Era de intensa actividad endógena, pues en ella resucita la actividad orogénica del Globo, adormecida desde el período carbonífero. Los movimientos orogénicos se inician ya en el eoceno, pero culminan en el mioceno con los movimientos alpinos, que exondaron los sedimentos acumulados desde le carbonífero en el fondo del Tetis y formaron, además de los Alpes, los Pirineos, la Penibética, los Apeninos, los Cárpatos, el Cáucaso y el Himalaya. Obra suya son, asimismo, los Andes y las cordilleras que bordean el Pacífico por Occidente. Estos plegamientos determinan, en la segunda mitad de la Era, un gran recrudecimiento de la actividad volcánica en las regiones recién dislocadas. En el capítulo anterior hemos dado una explicación de la orogénesis alpina a la luz de la teoría de Wegener.

4. Paleogeografía. En la primera mitad de la Era, la distribución de las tierras y los mares no se diferenciaba gran cosa de la de fines del secundario (fig. 843). El Océano Indico se individualiza por la traslación de la India sobre Asia; la grieta Atlántica se prolonga hacia el Norte, separando una de otra las partes meridionales de Norteamérica y Europa; las dos Américas se unen mediante el istmo de Panamá; y el estrecho Bético (que ponía en comunicación el Atlántico con el antiguo Tetis), se cierra mediante el arco montañoso formado por la Penibética y las montañas del Rif. Los restos de aquel Gran Mediterráneo es decir el Mediterráneo actual- se reducen a una serie de lagos salobres, pero en el Plioceno tiene lugar la apertura del estrecho de Gibraltar, y vuelve a establecerse la comunicación entre el Mediterráneo y el Atlántico.

Durante el mioceno, Europa estuvo ocupada por grandes lagos, en cuyos sedimentos se han encontrado, precisamente, los yacimientos fosilíferos de los moluscos y mamíferos de la época.

El clima terciario, en Europa, fue húmedo y bastante cálido, como lo prueba su fauna y sobe todo su flora (véase antes).

Era cuaternaria o antropozoica.

1. Glaciarismo cuaternario. Comenzó el cuaternario con una extraordinario desarrollo de glaciares en las grandes montañas, acabadas de formar en virtud de los plegamientos alpino, y en todo el norte de Europa y América, estas regiones quedaron cubiertas en gran parte (fig. 944) por un casquete semejante al inlandeis groenlándico. Al parecer hubo tres o cuatro glaciaciones o períodos glaciares, separados por dos o tres interregnos de clima cálido o períodos interglaciares, de muchos miles de años de duración cada uno.

Al final de la Era se redujeron los glaciares y quedo la tierra geográfica y climatológica tal como la vemos hoy. Las extensas morrenas formadas entonces constituyen interesantes terrenos de facies glaciar.

La fusión de los hielos durante los períodos interglaciares y después de la última glaciación, determinó una inusitada actividad fluvial. La erosión glacial y fluvial combinadas formaron en los valles notables terrazas fluvioglaciales, y la acumulación de los aluviones (cantos rodados, arenas y grabas) fuera de los dominios de los glaciales, dio origen a terrenos característicos denominados diluviares. La causa del glaciarismos cuaternario están aún por dilucidar.

2. Paleontología. La fauna cuaternaria del antiguo continente es semejante a la actual, si bien había especies hoy extinguidas y la distribución geográfica era más amplia. Merece mención la existencia del Elephas primigenius o mamut (fig. 945), en las regiones frías (Siberia), y la del Elephas anticuus y Elephas meridionalis en los países del Sur.

El mamut (fig. 945) era un elefante mayor que los actuales, pero más pequeño que el mastodonte. Sus colmillos eran recurvados y enormes: los de algunos pesaban 125 kilogramos. Enterrados en los hielos eternos de Siberia se encuentran aún hoy mamuts completos conservados como en una cámara frigorífica. Gracias a esta circunstancia se ha podido saber que este animal estaba protegido contra el frío, no solo por la abundante lana que cubría su cuerpo, sino también por un panículo adiposo de 8 o 9 centímetros de espesor.

En Europa y Asia la primera glaciación arrojó hacia el sur las ricas fauna y flora terciaria de elefantes, hipopótamos, rinocerontes, monos, etc., y permitió que invadiera sus territorios animales y plantas nórdicos. Las regiones libres de hielo tenían entonces un aspecto parecido al de la actual tundra siberiana y al de las estepas asiáticas. En su pobre vegetación vivían el reno, el buey almizclero, la gamuza, la cabra montés, el antílope saiga, el caballo y el asno salvaje, la marmota, el uro o toro primitivo, el bisonte (fig. 386), el ciervo común, el ciervo gigante (fig. 946), el rinoceronte lanudo y el mamut. En las cuevas se guarecían el oso de las cavernas (Ursus spelaeus, fig. 947), la hiena de las cavernas, el lobo, el zorro.

El ciervo gigante o de grandes cuernos (Cervus megaceros) (fig. 946), era un animal de gran talla. Su cornamenta, de forma de pala, tenía una envergadura de cerca de cuatro metros. El uro (Bos primigenius) vivió salvaje hasta la Edad media. Sus descendientes son los bueyes domésticos actuales. Del bisonte europeo no queda en la actualidad más que un reducido número de representantes en Rusia. El buey almizclero ha desaparecido totalmente de Europa y Asia, pero se conserva aún en la América ártica. El saiga (Saiga tartarica) es un antílope del tamaño de una cabra, notable por la forma de su mandíbula superior. Ho día vive solamente en las estepas rusas y del oeste de Asia.

En las épocas interglaciares los animales nórdicos emigraban en las regiones árticas o se refugiaban en las montañas, mientras del sur regresaba la antigua fauna cálida de elefantes y rinocerontes de piel desnuda, hipopótamos, monos, etc., y plantas semejantes a las de hoy en día.

Las alternativas glaciares e interglaciares acabaron con algunas especies (mamut, rinoceronte lanudo, ciervo de grandes cuernos, las fieras de las cavernas, etc.). Al establecerse el clima actual, las especies meridionales (elefante, hipopótamo, monos) emigraron hacia el sur, y las nórdicas regresaron a sus antiguos dominios boreales (bisonte, reno, almizclero, oso blanco), o se refugiaron en las montañas, donde hoy se encuentran (gamuza, cabra montés, marmota, oso pardo).

La fauna cuaternaria sudamericana se caracteriza por la abundancia de desdentados, entre los cuales merecen especial mención del gran Megaterio (fig. 948) y los curiosos Gliptodontes (figs. 1 y 949).

El hecho biológico más notable de los acaecidos en el cuaternario es la aparición del hombre, que merece capítulo aparte.

3. División. Se acostumbra dividir la Era cuaternaria en dos períodos: Pleistoceno o Cuaternario antiguo y Holoceno o Cuaternario reciente.

El Pleistoceno dura desde el comienzo de la Era hasta el final de la última glaciación, por lo que se llama también período glacial o período diluviar (Diluvium). Durante él aparece el hombre y se forma el loess.

El Holoceno comienza al terminar la última glaciación y no se diferencia, ni por el clima ni por su fauna y flora, del período actual, con el cual enlaza insensiblemente. En el holoceno se formaron los aluviones de los actuales ríos, por lo que se le designa también con el nombre del período aluviar (Aluvium), y se constituyeron las turberas y volcanes de nuestros días.

4. Paleogeografía. En la Era cuaternaria el único hecho geográfico notable es la separación completa de Norteamérica y Europa, ocasionada por la prolongación de la grieta atlántica hacia el norte. Este acontecimiento tiene lugar en el comienzo de la Era.

Prehistoria.

1. El hombre fósil. Los conocimientos que tenemos del hombre cuaternario están basados en sus esqueletos, en los restos de su industria y en las manifestaciones artísticas (dibujos, pinturas, esculturales, monumentos) que nos ha legado.

Los primeros restos indudables del hombre fósil no se encuentran hasta bien avanzado el cuaternario. Consisten en algunos esqueletos complejos huesos sueltos (figs. 950 y 951).

El estudio de estos restos fósiles demuestra la existencia, en Europa de tres especies o razas humanas prehistóricas. La más antigua es el Homo heidelbergensis, del cual se conoce tan solo una mandíbula inferior (fig. 950), encontrada en Mauer, cerca de Heidelberg (Alemania), en 1907. Por su extraordinaria robustez y la falta absoluta de mentón parece mas de un mono antropomorfo que de un hombre, pero su dentición es perfectamente humana. A ese hombre sucedió el Homo eandertalensis o primigenius (antiguamente raza de Canstadt), del que se conocen varios esqueletos completos. Era un hombre de pequeña talla, de frente retirada, de arcos superficiales muy salientes, de mandíbula superior muy prognata y de mandíbula inferior fuerte y casi desprovista de mentón; es decir, un hombre con caracteres pitecoides bastante acentuados (fig. 951). Al final del período glaciar apareció la especie actual (Homo sapiens), pero representada por una variedad diferente (variedad fosilis) llamada comúnmente raza de Cro-Magnon.

No se tiene dato alguno que permita afirmar la existencia del hombre antes del cuaternario inferior. Se supone, sin embargo, que, por lo menos a fines del terciario, debió de vivir en la Tierra el antecesor inmediato del género Homo.

El descubrimiento realizado por el debate Bourgeois (1863), de <<sílex tallados>> en terrenos neozoicos, hizo creer a algunos en la existencia del hombre terciario. Pero hoy día está demostrado experimentalmente que esos eolitos son simples piedras talladas ocasionalmente al chocar unas con otras.

Durante algún tiempo se creyó haber encontrado el antepasado de la especie humana en el Pithecanthropus erectus, descubierto por el holandés Eugenio Dubois, en 1892, en Trinil (java). Este hombre-monos, aunque de caracteres intermedios entre el hombre y los antropoides, no puede considerarse como el puente de unión del hombre con los monos.

2. La civilización del hombre cuaternario. La evolución se ha podido estudiar por los prehistoriadores gracias a lo restos de la industria y del arte de esos hombres desaparecidos. Se distinguen en los tiempos prehistóricos dos Edades; la de la Piedra y la de los Metales, cada una de las cuales comprende dos períodos: período paleolítico o de la piedra tañada; periodo neolítico o de la piedra pulimentada; periodo (o edad) del bronce, y periodo (o edad) del hierro. El Paleolítico coincide casi con el Pleistoceno; el Neolítico y la Edad de los Metales tienen lugar en el Holoceno.

En el Paleolítico el hombre hacia vida nómada y vivía exclusivamente de la caza y de la pesca. Los instrumentos que fabricaba su ingenio eran, al principio, exclusivamente de sílex tallado a golpes, principalmente hachas de mano en forma de almendra o en punta de flecha (fig. 952) o en hoja de laurel; buriles, raspadores, etc. Después aprendió a trabajar el hueso, el marfil y el asta de reno, y constituyó, con estos materiales, múltiples objetos: agujas, arpones (fig. 953), puntas para lanzas y flechas, etc.

Al final de este periodo sobre una glaciación y nuestros antepasados buscaron refugio en las cavernas, haciéndose trogloditas. Por entonces aprendió el hombre las artes de la pintura, el grabado y la escultura. En las paredes de las cuevas se han conservado interesantísimas pinturas, a veces de sorprendente realismo y de un gran valor artístico, representado principalmente las cacerías de los animales de la época: bisontes, jabalíes, ciervos, etc. (figs. 954 y 955). Nuestro país es muy rico en pinturas de esta clase, siendo famosas en todo el mundo las de la cueva de Altamira, en Santander.

En el Neolítico los instrumentos de piedra están pulimentados (fig. 956) o bien tienen una talla finísima y acabada. Grandes progresos acusa el hombre de esta época sobre su predecesor, pues aprendió el arte de la agricultura, el arte del tejido y de la panificación del caballo, toro, etc., arquitectura. De está época proceden, en efecto, los llamados monumentos megalíticos (dólmenes, menhires y cromlechs), los palafitos o habitaciones lacustres, que sabían aislar de tierra, y ciertas fortificaciones (castros de Galicia).

La edad de los metales comienza en el momento en que el hombre aprende a beneficiar el cobre de sus minas y a alearlo con el estaño para formar bronce (fig. 957). Poco después se descubre la metalurgia del hierro y se inventa el alfabeto, con lo cual dan comienzo los tiempos históricos.

Cuadro sinóptico de la Historia de la Tierra.



índice

Introducción.
Historia Natural. Seres naturales. División de la Historia Natural.
Notas diferenciales entre los seres inórganicos y los dotados de organización.

BIOLOGIA

PRELIMINARES.
Ciencias biológicas.
Los fenómenos vitales. Funciones elementales de la vida.
La clasificación de los seres vivos. Grupos taxonómicos.
La especie.
La nomenclatura de los seres vivientes.
Subdivisiones de la especie.
Los Reinos biológicos.

1 Parte: BIOLOGIA GENERAL.
Capitulo I. LA MATERIA VIVIENTE.

Capitulo II. EL ORGANISMO ELEMENTAL. 

Capitulo III. LOS SERES PLURICELULARES.

Capitulo IV. LA REPRODUCCION.

Capitulo V. LA HERENCIA.

Capitulo VI. TEORIA DE LA DESCENDENCIA.

ZOOLOGIA

I. ORGANOGRAFíA ANIMAL.

II. EMBRIOLOGíA ANIMAL.
III. LOS GRUPOS TAXONóMICOS ANIMALES.

IV. ECOLOGÍA ANIMAL.
V. ZOOGEOGRAFÍA.

BOTÁNICA

I. La célula y los tejidos vegetales.
II. Organización de los vegetales.
III. Fisiología vegetal.
IV. Ecología Vegetal.
V. Grupos Taxonómicos.
       Arrizofitas.
       Rizofitas.
          Pteridofitas.
          Fanerogamas.
            Gimnospermas.
            Angiospermas.
VI. FITOGEOGRAFÍA.

HONGOS

GEOLOGÍA

Mineralogía - Cristalografía
Mineralogía especial
Petrología especial
Geología Fisiológica
Geodinámica
Geología histórica
Geología apéndice



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